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Biografía de Bombita



Ricardo Torres Reina. Matador de toros español, nacido en Tomares (Sevilla) el 20 de febrero de 1879, y muerto en Sevilla el 19 de enero de 1947. En el planeta de los toros, es conocido por el sobrenombre de "Bombita".

Torero de temprana vocación, Ricardo Torres Reina fue el segundo de un trío de hermanos dedicados al Arte de Cúchares (Emilio era el mayor, y Manuel, conocido por "Bombita III", el benjamín de la terna). Aprovechando la brecha que le iba abriendo la profesión de Emilio, el jovencísimo Ricardo comenzó a torear junto con Juan Domínguez, "Pulguita Chico", en la famosa cuadrilla infantil de los Niños Sevillanos. Pronto cobró fama de diestro arrojado e, incluso, temerario, lo que facilitó su presentación en Madrid el 3 de marzo de 1897. Lidió en aquella ocasión novillos de don Tiburcio Arroyo, de Miraflores de la Sierra (Madrid), con los que ejecutó espléndidos lances. La afición de la Corte, encandilada con esta figura en ciernes, exigió que se le repitiera varias veces en los carteles madrileños.


Durante su andadura novilleril, volcado sin temor en la que habría de ser su profesión definitiva, "Bombita" sufrió una gran cantidad de cogidas, algunas de las cuales revistieron seria gravedad. Los cronistas mejor informados cuentan que, sólo en el transcurso de esta etapa como novillero (que duró poco más de dos años) fue cogido en cuarenta y tres ocasiones, y corneado en dieciocho de ellas. No es de extrañar que por aquellas fechas sus conocidos le despidieran, cuando salía rumbo a la plaza vestido de torero, con un piadoso "que no sea mucho".

Pero su buena estrella quiso que, a pesar de tamaña temeridad suicida, Ricardo Torres llegara sano y salvo al momento crucial en la vida de un torero: su consagración oficial como matador de toros. Se doctoró en la arena de Madrid el 24 de septiembre de 1899, bajo la aprobación de José García Rodríguez, "Algabeño", que le cedió el morlaco Cachucho, del Duque de Veragua, en presencia de Domingo del Campo Alcaraz, "Dominguín". Cinco días después, en el coso de la Real Maestranza sevillana, confirmó esta alternativa apadrinado por Rafael Guerra Bejarano, "Guerrita", y ante reses de la vacada de Adalid.

En 1900 toreó en noventa y nueve ocasiones, ganando partidarios en cada una de ellas; y en la temporada siguiente, el día de San Isidro, tras una soberbia faena enjaretada a un terrorífico burel de don Vicente Martínez, puso boca abajo la plaza de la Corte al ejecutar la suerte suprema con una valentía, una destreza y una eficacia que quedaron grabadas en la memoria taurina de los aficionados cabales. Aquel año de 1901 fue el de la definitiva consagración de "Bombita" como gran figura del toreo; tal vez de entonces date la conocida frase hecha que, a guisa de homenaje paremiológico y popular, se repetía constantemente alrededor de las principales plazas españolas: "¡A los toros, que torea 'el Bomba'!".

Paradójicamente, durante la temporada de 1902 cayó en un bajón que amenazó con difuminar sus éxitos anteriores: en el festejo que quería solemnizar la coronación de Alfonso XIII, un burel del hierro de Carriquiri le asestó una tremenda cornada cuyas secuelas le hicieron perder el sitio; y para colmo de males, Catalán, un toro de la ganadería de don Eduardo Miura, le puso en evidencia aquel mismo año. Pero en la campaña de 1903 -a partir de una corrida que toreó en Madrid, el día 2 de mayo, alternando con don Luis Mazzantini y con "Machaquito"-, "Bombita" volvió por sus fueros. Fue precisamente a partir de este festejo cuando se empezó a cimentar su mítica competencia con el cordobés Rafael González Madrid, "Machaquito". Al toreo alegre y dominador de "Bombita", reforzado por su valor descabellado, su rival opuso un estilo legionario que pretendía superarle en la pelea desgarrada (casi puede decirse que a brazo partido) entre hombre y toro. La afición se dividió inmediatamente entre quienes concebían el toreo como un ejercicio de habilidad y destreza -partidarios, entonces, de "Bombita"-, y quienes lo identificaban con una lucha tremendista sostenida sin tregua contra el toro -a la sazón, seguidores de "Machaquito"-. Esta apasionada rivalidad fue providencial para la historia de la Tauromaquia, pues sacó de su letargo a una afición adormecida tras la retirada de "El Guerra", y la mantuvo despierta hasta que se produjo la venturosa eclosión de "Joselito" y Belmonte.

Las temporadas de 1904, 1905 y 1906 contemplaron a un "Bombita" colocado siempre entre los puestos más destacados del escalafón, consagrado como primera figura del toreo tanto en España como en Hispanoamérica. Su protagonismo, empero, tiene hoy más trascendencia desde el punto de vista socio-laboral que desde una perspectiva exclusivamente taurina. Y esto es debido a que Ricardo Torres Reina fue el promotor y el fundador de la Asociación Benéfica de Auxilios Mutuos de Toreros (id est, el celebérrimo Montepío de Toreros), que desde el 30 de octubre de 1909 contribuyó a que los matadores de toros menos favorecidos por la esquiva Fortuna viviesen su pobreza sin verse abocados a perder la dignidad. De dicha Asociación surgió también la feliz iniciativa de promover un Sanatorio de Toreros, nosocomio que hizo mucho bien en pro de la siempre amenazada salud de los coletudos más modestos.

Al margen de esta dedicación benéfica, "Bombita" fue también uno de los toreros que más luchó en favor de las mejoras laborales para los integrantes de su romántica profesión, enfrentándose abiertamente con quienes manejaban los hilos financieros del negocio taurino. En 1909 sostuvo contra la empresa madrileña (y, por extensión del conflicto, contra los gestores de otras muchas plazas) el que se conoció como "el pleito de los miuras". Pretendía Ricardo Torres que los empresarios aumentasen los emolumentos pagados a los matadores, especialmente cuando éstos se las habían de ver con el ganado de Miura; abonaba "Bombita" su alegato argumentando que los empresarios, al socaire de la terrorífica leyenda que envolvía a las reses criadas en la dehesa de Zahariche, incrementaban el valor de las localidades, beneficio que sólo redundaba en las arcas de los gestores y dueños de las plazas.

Aunque sus justas reivindicaciones lograron al principio la adhesión de numerosos colegas (desde la de su más directo rival, "Machaquito", hasta la del imprevisible Rafael Gómez Ortega, "El Gallo", pasando por las de otros diestros como Vicente Pastor, "Cocherito de Bilbao", "Saleri", etc.), lo cierto es que muy pronto "Bombita" se vio abandonado por los numerosos esquiroles que le rodeaban. Vicente Pastor y "El Gallo" fueron de los primeros en echarse atrás, lo que les permitió, en compañía de Manuel Mejías, "Bienvenida", copar casi todos los carteles relevantes de Madrid mientras duró el pleito. Curiosamente, el único compañero que apoyó a Ricardo hasta el final fue su enconado antagonista dentro de los cosos.


Tal vez esta generosa y desinteresada solidaridad de "Machaquito" animó a "Bombita" a enfrentarse de nuevo contra quienes ejercían despóticamente la autoridad en el planeta de los toros. Por medio del "pleito de las escrituras abiertas", ambos coletudos exigieron que los empresarios les abonasen íntegramente los honorarios correspondientes a las corridas que tenían contratadas, aún en el caso de que éstas no llegasen a verificarse por alguna causa ajena a la voluntad de los toreros.

Este justo ejercicio de sus derechos apartó de Madrid durante algún tiempo a los valientes "Bombita" y "Machaquito". Ricardo reapareció en 1912, ahora enfrentado al toreo artístico pero irregular de Rafael Gómez Ortega, a quien superó en no pocas ocasiones. Sin embargo, la deslumbrante irrupción de "Joselito" le hizo ver que no podía rivalizar con quien estaba llamado a ocupar el trono del toreo mundial en el segundo decenio del siglo XX. El 19 de octubre de 1913, sobre la arena madrileña, "Bombita" se despidió del toreo. Formaban parte del cartel Rafael y José -los dos hermanos "Gallo"- y el lesionado Juan Belmonte, sustituido a última hora por Antonio Boto Recatero, "Regaterín". Después de que se cortara la coleta, tras haber dado muerte a Cigarrón, del hierro de don Salvador García de la Lama, sus compañeros lo abrazaron y lo pasearon a hombros por el ruedo de Madrid.

El reconocimiento oficial hacia sus desvelos sociales vino con la concesión de la Cruz de la Beneficencia. Cuando se retiró, después de haber sufrido más de treinta cornadas graves, había lidiado noventa y una novilladas y seiscientas noventa y dos corridas, en las que dio muerte a mil doscientos sesenta y dos toros. A su muerte, sobrevenida en Sevilla el 29 de noviembre de 1936, los buenos aficionados lloraron la desaparición de uno de los últimos matadores de toros que había tenido el valor y la vergüenza torera de exigir el toro-toro, el morlaco bravo, cuajado, cinqueño, cumplido de trapío y con las defensas intactas.

Extraído de McnBiografías...

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