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Biografía de Cúchares



Francisco Arjona Herrera. Matador de toros español, nacido en Madrid el 20 de mayo de 1818 y muerto en La Habana (Cuba) el 4 de diciembre de 1868. En el planeta de los toros, es conocido por el sobrenombre de "Curro Cúchares" o, simplemente, "Cúchares".

Hijo de un carnicero del matadero de Sevilla (ciudad a la que su familia se había trasladado al poco tiempo de nacer él) y sobrino del infortunado diestro Francisco Herrera Rodríguez ("Curro Guillén"), Francisco Arjona mostró desde chiquillo una viva inclinación hacia un arte que, al cabo de muchos años, acabaría por tomar el apodo taurino que él mismo hiciera célebre. Su infancia junto al matadero (auténtico vivero donde, durante el siglo pasado, se criaron casi todos los alevines del toreo hispalense) le permitió familiarizarse en el trato con las reses y llegar ya con ciertas nociones bien sabidas a su inscripción formal en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla.

Esta anacrónica institución, fundada en 1830 por el ominoso Fernando VII para humillar así a las distintas universidades españolas (que habían sido clausuradas aquel mismo año por decreto del despreciable monarca absolutista), tuvo, dentro de su desgraciada andadura, algunos factores positivos: el magisterio de las primeras figuras del toreo (verbigracia, Pedro Romero y Jerónimo José Cándido), y el concurso de varios chavales que, andando el tiempo, habrían de encaramarse a los puestos cimeros del escalafón taurino (así, entre otros muchos, Francisco Montes, Paquiro, y el propio Curro Cúchares). De lo mucho que admiró el joven Francisco Arjona -que por aquel entonces se hacía llamar Costuras, apodo que había usado su progenitor durante una mediocre etapa de banderillero- al Director de la Escuela de Tauromaquia, queda noticia escrita -o dictada- por el propio Pedro Romero:

"Tocante [...] a Costura[s], cada vez va adelantando más, pues hace cosas increíbles en su corta edad, que es de doce años [...]. Hoy, día de la fecha, hubo tres novillos de tres años propios para él. Se [h]artó de poner pares de banderillas, y las pone lo mismo a una mano que a otra. Los torea muy bien con la capa. Arma su muleta y toma una banderilla por espada, le da uno o dos pases, y le da su estocada muy bien puesta. No le hago favor ninguno en la relación que de él doy".



Que el maestro Romero no exageraba en su encomio lo supo pronto otro valiente matador de toros, Juan León, "Leoncillo", quien alistó en su cuadrilla a "Curro Cúchares" cuando, en 1834, se fue al garete el disparatado invento de la Escuela de Tauromaquia. Allí, entre las temporadas de 1835 y 1837, se fogueó y se curtió como banderillero, ganando fama de torero completo y variado, muy gracioso por la viveza de su estilo y la alegría de las filigranas con que continuamente gustaba de adornarse. En 1838 alternó por plazas meridionales con su amigo Juan Yust, el buen torero sevillano cuya temprana muerte privó a la afición de asistir a una sana rivalidad taurina que se presumía sonada y deslumbrante. En 1840 y 1841, "Curro Cúchares" actuó en Madrid a guisa de media espada, y tanto éxito obtuvo que, para resaltarlo justamente, los cronistas señalan que cobró lo mismo que Francisco Montes. Al año siguiente, en la Corte, se anunció ya como primer espada.

Mas parece que la docta y severa afición madrileña, que en un principio admiró esa gracia sevillana y esa soltura ágil e intuitiva de que hacía gala "Cúchares", empezó a tomar algún enojo porque éste no mataba los toros con toda la entrega y decisión que se ha exigido siempre en la primera plaza del mundo. Francisco Arjona, avisado de este recelo por los buenos amigos que tenía en Madrid, anduvo algún tiempo alejado de la capital para anunciarse de nuevo en sus arenas en 1845, cuando la pequeña tormenta ya se había calmado. Compartió cartel con su antiguo maestro Juan León, y con la nueva figura en ciernes, José Redondo y Domínguez, "Chiclanero", quien estaba llamado a convertirse en su auténtico rival, el antagonista que pasaría a la historia de la Tauromaquia emparejado -y enfrentado- con él.


Así las cosas, en 1846 sostuvieron "Cúchares" y "Chiclanero" una de las disputas más recordadas en los anales taurinos, disputa en la que, por cierto, el valor y el arte no quisieron tomar partido. Viéndose obligados a alternar mano a mano por la forzosa ausencia de "Paquiro" (herido por asta de toro en Écija), cada uno de ellos pretendía el honroso reconocimiento de ser el encargado de dar muerte al primer astado de la tarde (en la que se lidiaban los del duque de Veragua). "Cúchares" alegaba en su favor el hecho incuestionable de contar con mayor antigüedad que "Chiclanero"; pero éste aducía un derecho que, por contrato firmado con la empresa, le facultaba para torear en Madrid durante todo aquel año en calidad de primer espada (lo que no sólo le permitía, sino que también le obligaba a dar muerte al primero de la tarde). Discutieron entre sí ambos coletudos, y, tras haber consultado el parecer del ganadero y de la autoridad, "Chiclanero" fingió avenirse a razones y respetar la mayor antigüedad de su rival; pero, tan pronto como "Cúchares" falló al primer intento de despenar a la res litigada, el diestro gaditano tomó su acero y se dispuso a entrar a matar por su cuenta. Ya estaba montando la espada cuando "Cúchares", repuesto de su inicial sorpresa, citó como pudo al toro, lo atrajo hacia sí y, malamente, le propinó un infame golletazo que despertó las iras de la sabia afición y el celo de la severa autoridad: nada más acabar la corrida, Francisco Arjona fue conducido a la cárcel.

Sin embargo, la reconciliación fue inmediata, tanto entre "Cúchares" y la afición madrileña, como por parte de ambos diestros entre sí. El 5 de octubre de 1846, sobre la misma arena que había sido testigo del enfrentamiento, un caluroso apretón de manos entre "Cúchares" y "Chiclanero" fue clamorosamente ovacionado por el público capitalino. Por fortuna, la paz impuesta fuera de los cosos no impidió que continuase la feroz competencia -ahora ya meramente artística- dentro de ellos. Y no son pocos los cronistas que aseguran que Francisco Arjona salió perjudicado de esta enconada rivalidad, porque José Redondo, "Chiclanero", era un torero tan valiente como variado, tan técnico como intuitivo y tan clásico como innovador; y, por encima de todo, un magnífico conocedor de toda clase de reses, un feliz ejecutor de cualquier suerte en cada uno de los tercios, y un estoqueador valiente, preciso y fulminante.

Cuando, en 1853, la muerte se llevó tempranamente a "Chiclanero", "Curro Cúchares" se quedó solo en la cúspide del escalafón. Aquel año toreó en Bayona la que pasaría a la historia como la primera corrida celebrada en aquellas tierras "a la española", es decir, banderilleando, picando y dando muerte a las reses. En tan señalada ocasión, llevó como media espada a Antonio Sánchez, "El Tato", quien pronto se convertiría en otro de sus grandes rivales, aunque no llegó a competir con él como lo hiciera el desaparecido "Chiclanero". No faltó entonces quien aseverase que la fama y la notoriedad que había alcanzado "Cúchares" se debía, en gran parte, a la prematura muerte de Juan Yust, a la repentina turberculosis que se llevó de golpe a "Chiclanero", y a la cornada que le costó al "Tato" la amputación de una pierna. Sea esto cierto o no, lo que sí parece incuestionable es que Francisco Arjona, muy respetado por las cogidas, las lesiones y las enfermedades, gozó de todos los favores que la fortuna fue negando a sus sucesivos antagonistas

Parece ser que el no tener demasiado cerca a alguien que le hiciera sombra le movió a acentuar e intensificar su gusto por los lances menos ortodoxos (alguno de ellos, como el de golpear con una zapatilla en el testuz del toro, francamente grotesco), con lo que vino a acentuar su progresiva decadencia. Nunca fue bien recibida, además, entre los aficionados más puristas y cabales, su predilección por el toreo ejecutado con la mano derecha, que en aquellos años de romanticismo taurino era concebido como un recurso de alivio. En 1868, mientras estaba en Cuba cumpliendo las exigencias de un pingüe contrato, sufrió un virulento ataque del entonces poco menos que incurable vómito negro, que le causó la muerte en La Habana el día 4 de diciembre.

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