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Biografía de Lagartijo



Matador de toros español, nacido en Córdoba el 27 de noviembre de 1841, y muerto en su ciudad natal el 1 de agosto de 1900. En el planeta de los toros, es conocido por el sobrenombre de "Lagartijo".

Nacido en la popular barriada de La Merced, Rafael Molina, "Lagartijo", era hijo del banderillero Manuel Molina, "Niño de Dios", y sobrino del matador de toros "El Poleo". Estos antecedentes familiares despertaron desde niño su afición a los toros y le inclinaron muy tempranamente hacia la profesión taurina. Tanto es así, que, si hemos de dar crédito a las viejas crónicas decimonónicas, el niño "Lagartijo" toreó un becerro a los nueve años de edad. El 18 de septiembre de 1861 debutó en Córdoba como banderillero, y a partir del año siguiente formó parte de las cuadrillas de los hermanos Carmona (José, Manuel y Antonio), a cuyas órdenes protagonizó muchas tardes de gloria, tanto en España como en Portugal; tardes que, andando el tiempo, se tornarían en duelos de rivalidad entre iguales dentro de un coso. Se presentó en Madrid en 1863, dentro de la cuadrilla de Antonio Carmona y Luque, "El Gordito", y repitió en la capital al año siguiente, ya como sobresaliente de espada, los días 23 de mayo, 13 de junio y 3 de julio.

Fue precisamente el menor de los hermanos Carmona -Antonio "El Gordito"- quien, el 29 de septiembre de 1865, le dio la alternativa en la plaza de Úbeda, donde le cedió un toro de la marquesa viuda de Ontiveros. El 15 de octubre de aquel año la confirmó en Madrid, frente al toro Barrigón, de doña Gala Ortiz, cedido por el diestro madrileño Cayetano Sanz y Pozas. El triunfo conseguido aquella tarde (refrendado por un soberbio espadazo que en nada preludiaba la célebre media lagartijera que, años más tarde, habría de popularizar el matador cordobés), le hizo un hueco en los carteles de la Corte en 1866, junto a dos de las principales figuras de entonces: el susodicho "Gordito", y Antonio Sánchez, "El Tato". Aquel año, "Lagartijo", crecido por el éxito fulgurante, entabló también rivalidad con un ya veterano "Curro Cúchares", a quien llegó a derrotar el día 30 de octubre, frente a los terroríficos astados de Miura.

Pero el verdadero rival de Rafael Molina -el que ha pasado a la historia de la Tauromaquia junto a él, formando una de esas inseparables parejas de competidores que se quedan grabadas en la memoria de todos los aficionados al toreo- fue Salvador Sánchez Povedano, "Frascuelo". Sus primeros contactos sobre la arena datan de los días 7 y 11 de junio de 1868, cuando el granadino "Frascuelo" se encontró, en la plaza de su tierra, con la temeridad juvenil de "Lagartijo". En la segunda de las citadas ocasiones, ambos matadores fueron amonestados por la autoridad que presidía la corrida, porque, afanados en demostrar quién de los dos hacía el alarde más llamativo, habían ya agotado todo el repertorio de lances temerarios y se hallaban tendidos sobre la arena, a escasos pasos del toro. Esta feroz rivalidad dentro de los cosos (que, a la postre, devino en franca camaradería fuera de ellos) se repitió en la Corte al año siguiente, y ya no cesaría hasta que, en 1889, "Frascuelo" se cortara la coleta. Fueron especialmente espeluznantes, en el transcurso de sus recordados piques, los tercios de banderillas, ya que ambos espadas pugnaban por demostrar más arrojo que el contrario, recurriendo a las mayores extravagancias que se puedan imaginar dentro de un ruedo. Era muy frecuente, por ejemplo, que cualquiera de los dos tomase una silla para citar al toro sentado en ella, con un palitroque en cada mano. "Lagartijo", que un fue un torero completo, gozó fama de ser insuperable con las banderillas; pero, además, lanceaba admirablemente con el capote y sabía manejar la muleta para dominar o adornarse con ella, según la lidia que pidiera cada res. Y todo ello lo envolvía en un estilo tan personal, tan cargado de gracia dentro de lo canónico, que despertaba entre los aficionados unos fervores desconocidos hasta entonces alrededor de un ruedo.

Tanto "Lagartijo" como "Frascuelo" se vieron favorecidos por la terrible cogida que le costó una pierna al "Tato", que a la sazón era el único colega que podía hacerles sombra. Y así, entronizados ambos como los dos grandes califas del toreo en la segunda mitad del siglo XIX, la afición de Madrid reclamó su presencia constante en la primera plaza del mundo, compromiso que no eludieron -¡qué comportamiento tan opuesto al de las falsas figuritas de hoy en día!- ni el cordobés ni el granadino. Causa admiración comprobar que, sólo en la temporada de 1871, "Lagartijo" pisó la arena madrileña en veintitrés ocasiones distintas; y no menos respeto produce su gesto de aceptar, además, la competencia directa con el máximo rival, mano a mano y ante la afición más sabia y severa del planeta de los toros. Si es cierto que, como muestra, puede valer un botón, sépase que ambos concertaron, en 1872, matar cada uno seis toros de la misma ganadería, y en la venerable plaza de la calle de Alcalá.

Rafael Molina fue uno de los toreros predilectos de la afición madrileña hasta 1878, año en que su toreo empezó a dar las primeras muestras de una peligrosa relajación. Pero, hasta entonces, nadie como él había gozado de tantos y tan fidelísimos partidarios: puede decirse que, aunque ya desde los tiempos de "Costillares" y Pedro Romero se dio la figura del aficionado defensor de un torero -o de un estilo- y enemigo del contrario, hasta la llegada de "Lagartijo" no había pisado los ruedos un matador de toros que despertara entre sus partidarios tales arrebatos de fanatismo y devoción. Pretendían sus incondicionales que, en el constante enfrentamiento con "Frascuelo", Rafael Molina llevaba la ventaja de conocer mejor la técnica del toreo, lo que acababa siempre por otorgarle la palma, habida cuenta de que ninguno de los dos dejaba atrás al otro en arrestos y coraje. Los "frascuelistas", en cambio, procuraban desprestigiar al diestro cordobés haciendo burla continua de su desigual acierto en la suerte suprema. Porque se daba la desagradable circunstancia de que "Lagartijo", sobre todo a raíz de su acomodamiento, mataba casi siempre a volapié, echando un pie atrás antes de tirarse a matar, y dejando casi siempre una estocada corta (o pinchazo hondo, según los "frascuelistas") que pronto fue bautizada como media lagartijera.

A pesar de esta relajación a la que se abandonó cuando estaba en la cúspide de su fama, "Lagartijo" protagonizó aún muchas tardes de gloria antes de su retirada, particularmente ante sus devotos de la -ahora nueva- plaza capitalina (en Sevilla, en cambio, tuvo muy poca fortuna, y llegó a negarse a torear delante del público hispalense, que se le mostraba agresivo). Conoció la curiosa y anacrónica plaza parisina de la Rue Pergolesse, donde ofreció en dos ocasiones las esencias de un arte que, poco a poco, se le iba escapando. En 1893, quiso hacer el alarde de torear cinco corridas completas en solitario, para dejar así un imborrable recuerdo de la que anunciaba como su definitiva despedida. En Bilbao y en Madrid -donde se cortó la coleta el 1 de junio del mencionado año- fracasó de manera estrepitosa, como lo prueba el hecho de que, en ambas ocasiones, la Guardia Civil tuviera que intervenir para reparar los desaguisados protagonizados por sus partidarios y sus detractores. Rafael Molina se retiró a su Córdoba natal, donde falleció el 1 de agosto de 1900.

El poeta Antonio Fernández Grilo, apasionado partidario de "Lagartijo", plasmó en un bello soneto la devoción que Rafael Molina despertó entre sus admiradores:

"Le canta el pueblo en su cantar sonoro,
le adora como a Dios la tierra baja,
no hay lienzo en marco ni viñeta en caja
que no ostente su busto con decoro.

Rey de la arena, vencedor del toro,
nadie en valor ni garbo le aventaja,
y lleva entre los pliegues de su faja
la Virgen pura cincelada en oro.

Del Pretorio nació, junto a la ermita,
y es tan profundo el culto verdadero
que le rinde mi Córdoba bendita,

que cuando al redondel sale el primero,
la torre de la arábiga Mezquita
parece que se viste de torero".

Extraído de McnBiografías...

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