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Biografía de Paquiro



Francisco Montes Reina. Matador de toros español, nacido en Chiclana de la Frontera (Cádiz) el 13 de enero de 1805, y muerto en su lugar de origen el 4 de abril de 1851. En el planeta de los toros, es conocido por el sobrenombre de "Paquiro".

Hijo del administrador de las posesiones que tenía en Chiclana el marqués de Montecorto, "Paquiro" recibió una educación que, sin llegar a ser privilegiada, sí rebasó con creces la escasa o nula instrucción que tuvieron casi todos sus predecesores en las lides taurómacas. Parece ser que, incluso, empezó a prepararse para obtener el grado de cirujano, carrera que no pudo seguir por culpa de la súbita estrechez a que quedó reducida su familia cuando Juan Félix, su progenitor, fue despedido por el susodicho aristócrata. La penuria familiar llevó al joven Francisco Montes a abandonar su formación académica, para acabar colocándose a las órdenes de un maestro albañil con quien le había contratado su padre. Pero no era ya Paquiro, a pesar de sus pocos años, amigo de tolerar la autoridad de nadie, y menos en el estrecho ámbito de una ocupación que se le hacía insufrible. Así que, para no verse obligado a encaramarse al andamio, y para no dejar tampoco de ganar la ayuda que aportaba a la maltrecha economía doméstica, buscó una ocupación que se ajustase más a la innata vocación que llevaba dentro desde niño, que no era otra que una gran afición hacia la lidia de las reses bravas; y así, pertrechado de una capa o de una manta, salía al campo en busca de los toros huidos de las dehesas chiclaneras, para reconducirlos hasta los rediles y cobrar, por ello, lo que no quería ganar como alarife.

De esta forma tan azarosa llegó al mundo de los toros un muchacho que, también en contra de lo que siempre ha sido más frecuente, no contaba en su familia con antecedentes taurinos. Pero ello no le supuso ningún obstáculo que le impidiera dedicarse al toreo, porque su dilatado valor, su buen oficio y el acreditado entusiasmo con que devolvía a las dehesas a los toros escapados no pasaron inadvertidos para sus paisanos, quienes vieron en su joven vecino "Paquillo" o "Paquiro" la promesa del colosal matador de toros que muy pronto llegaría a ser. Se cree que estos primeros contactos con las reses bravas le permitieron entrar en las cuadrillas de algunos toreros menores del primer cuarto del siglo XIX (verbigracia, "Platero" y Juan Hidalgo); sin embargo, no hay noticias suyas fiables hasta el 1 de junio de 1830, cuando apareció en un cartel como sobresaliente de espada. Cinco días más tarde, en el ruedo hispalense, saltó "un toro de la cabeza a la cola, suerte difícil -decían los carteles- que nunca se ha visto en esta plaza". Este arriesgado salto de garrocha ya preludiaba el gran repertorio que, andando el tiempo, habría de manejar Francisco Montes.

Es muy posible que mediara la influencia del también chiclanero Jerónimo José Cándido para que "Paquiro" ingresara como alumno en la recién creada Escuela de Tauromaquia de Sevilla, de la que aquél era segundo director, después del universalmente reconocido magisterio de Pedro Romero. El maestro rondeño apreció desde el primer momento las grandes virtudes que, para el ejercicio del toreo, adornaban a Montes, entre las que sobresalían la falta de miedo y la fortaleza de piernas y brazos. Con tan egregios maestros, "Paquiro" pronto estuvo en condiciones de presentarse en Madrid, donde tomó la alternativa un 18 de abril de 1831, de manos de Juan Jiménez, "El Morenito", que le cedió un toro de Gaviria, y con Manuel Romero por testigo. Aunque en aquella ocasión no estuvo demasiado afortunado -entre otras razones, porque apuntó el peor defecto que le acompañaría como una maldición durante toda su carrera de torero, que no era otro que el dejar atravesado el estoque-, repitió en cinco ocasiones en Madrid durante aquel año, en las cuales pudo demostrar que su toreo era, por aquel entonces, uno de los más temerarios y, sin duda alguna, el más variado. Admiró a la afición de la Corte con sus arrojados saltos de la garrocha, con sus saltos a trascuerno, y con un largo repertorio de suertes de capa, entre las que causó especial agrado la famosa tijera, tijerilla o suerte a lo chatre, para cuya difícil y correcta ejecución es menester prender el lado derecho del capote con la mano izquierda, y el izquierdo con la diestra, y citar al toro de esta guisa para lancearlo como si se le estuviera administrando una verónica.

El arte de "Paquiro" puso en serios apuros a otras figuras de aquellos tiempos, entre las que hay que citar a sus dos máximos rivales, el valentísimo torero liberal Juan León, "Leoncillo", y el caudillo taurino de los absolutistas, Antonio Ruiz, "El Sombrerero". Su fama fue creciendo merced a alardes como los que hizo en Zaragoza los días 13 y 14 del mes de octubre, donde mató en cada tarde doce toros. Entre 1832 y 1836, Montes gozó del fervor apasionado del público madrileño, que paladeaba mejor que cualquier otro la vistosa variedad del diestro chiclanero; el cual, tal vez impulsado por esta fama de torero largo y completo, se animó en 1836 a dar a la imprenta una Tauromaquia, cuya redacción encomendó al poeta y periodista romántico don Santos López Pelegrín ("Abenamar" en el pie de las crónicas que firmaba en las gacetillas taurinas). La Tauromaquia de Montes (Madrid: Imprenta de don Joaquín Repullés, 1836) vino a superar con creces a la que, en 1796, redactara don José de la Tixera al dictado de genial José Delgado Guerra, "Pepe-Hillo", ya que a las suerte descritas en ésta añadía toda la variedad de saltos, abaniqueos de capa, y modos de picar, banderillear y matar que había conocido y practicado "Paquiro". Y es que, en efecto, Montes también había ganado fama de ser el más severo y riguroso director de lidia de su tiempo, pues ponía tal celo y cuidado en el desarrollo de todos los tercios, que llegó a picar toros siendo ya maestro y jefe de cuadrilla.

Dejó de torear en Madrid en 1837, a causa de ciertas desvenencias que tuvo cuando exigió encabezar todos los festejos en los que él interviniese, aun cuando sus compañeros de cartel le ganasen en antigüedad. Pero bien pronto volvió a prodigar sus triunfos no sólo en la Corte, sino en cualquier lugar en que toreara, como lo prueban sus clamorosos éxitos en Granada (1837), en Cádiz (1842) y en Pamplona (1845). Tras un intento de retirada en 1848 -en el transcurso de la cual casi se fue a la ruina comerciando con vinos-, reapareció en Madrid en el fatídico año de 1850. Parece ser que el vino no sólo le había afectado al bolsillo, sino también al hígado y a la cabeza, pues un buen cúmulo de amarguras le había arrojado en los últimos años a los brumosos dominios del alcohol. Pero ya parecía estar curado de esta perniciosa afición, puesto que había inaugurado su retorno a los ruedos con dos grandes triunfos en Madrid y en Sevilla. El 21 de julio de 1850, avalado por estos éxitos recientes, volvió a anunciarse en Madrid para matar toros de don Manuel de la Torre y Rauri, en compañía de su paisano José Redondo, "Chiclanero". El tercero de los bureles jugados, un abanto cuya escandalosa mansedumbre le había hecho merecedor de las banderillas de fuego, se le coló cuando "Paquiro" intentaba torearlo al natural, y le infirió una grave cornada en la pierna izquierda. La cogida le causó lesiones cuya gravedad impedirían a cualquiera, incluso a un hombre de su fortaleza, seguir pisando los ruedos. Desolado, Montes marchó a su Chiclana natal, donde la melancolía del retiro y las secuelas de la cornada, agravadas por unas fiebres, le causaron la muerte el 4 de abril de 1851, cuando sólo contaba con cuarenta y seis años de edad.

Extraído de McnBiografías... 

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