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La música en los toros





La música nunca ha dejado de sonar en los toros. A ritmo de pasodoble, naturalmente. Que tiene un origen a militar, dado que la marcialidad de sus compases facilitó siempre el desfile uniforme de la tropa. Nació en el siglo XVIII.

La incorporación del pasodoble al folclore popular sucedió ya muy avanzado el siglo XIX a través de las zarzuelas. Ya en el XX se incluirían en otros espectáculos teatrales, sobre todo los de variedades. Y desde la postguerra como acompañamiento de letras de coplas o canciones andaluzas. No todos los pasodobles tienen sabor taurino, pues los hay de distinta temática. De mediado el XIX era la costumbre que bandas de música del Real Cuerpo de Alabarderos amenizaran festejos de caballistas en la Plaza Mayor de Madrid. Fue el inicio de una tradición que se extendería en el siguiente siglo cuando las bandas municipales acudían a las plazas; primero, camino de ellas, animando por las calles a los vecinos con su repertorio y luego tocando ya durante el festejo. La principal diferencia en el pasodoble estrictamente taurino es que, por lo general, es sólo música para ser interpretada instrumentalmente en una plaza de toros. Lo que no excluye que parte de ellos tengan letra, menos conocida del gran público. El respetable suele agradecer siempre el trabajo de las bandas, a veces incluso abusando con un latiguillo entre desconsiderado y burlón: "¡música, gandules!" Los toreros, asimismo, se sienten reconfortados con tales compases, señal de que su lidia es premiada de esa manera. Aunque los hay que prefieren el silencio mientras torean en el último tercio, justificando el título de aquel ensayo de José Bergamín "La música callada del toreo", que escribió pensando sobre todo en su torero favorito, Rafael de Paula.






Si bien "Suspiros de España" no es en puridad un pasodoble taurino, es el que reúne toda la esencia de este ritmo tan genuinamente nuestro, por lo que las bandas de música suelen seleccionarlo en su programación. Pero los que más suenan (digamos que alternándolos entre medio centenar) son, entre los más aplaudidos, éstos: "España cañí", "El gato montés", "Gallito", "La Giralda", "La gracia de Dios", “Nerva”, “Amparito Roca”, “Dauder”, “Marcial eres el más grande”, “Domingo Ortega”, “Churumbelerías”, “Ópera flamenca”, “Pepita Greus” (que, erróneamente, aparece mal escrito muchas veces como “Creus”), “L´entrá de la murta”, “Puenteareas”, (uno de los escasos pasodobles gallegos que hay), “Paquito el Chocolatero”… Por su título, se advierte que unos están dedicados a toreros y otros, no. De los primeros, al que más pasodobles dedicaron fue a un matador de toros de leyenda, Manuel Rodríguez "Manolete".

Condensando la historia del pasodoble, digamos que no existe musicalmente un ritmo tan español, el que al margen de modas y gustos de cada generación mejor nos representa fuera de nuestras fronteras, de igual modo por ejemplo que para un austríaco sería el vals. No hay pueblo de España, por mucho que en Cataluña y el País Vasco traten de eludirlo como tantas otras costumbres autóctonas, donde no suene un pasodoble, sobre todo en las fiestas de cada verano. Y así seguirá siendo, les agrade o no a cuantos quieren acabar con nuestra cultura popular.

Texto extraído de Libertad Digital.

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