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¿Sabes quién era Carlos Arruza?



Matador de toros mejicano, nacido en Ciudad de México el 17 de febrero de 1920, y muerto en accidente de automóvil en su país natal el 20 de mayo de 1966. En el planeta de los toros es conocido por el sobrenombre de "Carlos Arruza".

Después de aprender los primeros rigores del duro oficio taurino por los cosos más cercanos a su lugar de nacimiento, el primer día de diciembre de 1940 compareció ante sus paisanos congregados en la plaza de El Toreo (Ciudad de México), dispuesto a recibir la alternativa de manos de su famoso padrino, el diestro de Saltillo (Coahuila) Fermín Espinosa Saucedo (“Armilita Chico”). Francisco Gorráez Arcante ("Cachorro"), que se hallaba presente en aquel trance en calidad de testigo, contempló cómo Carlos Arruza se ganaba la borla de doctor en tauromaquia dando lidia y muerte a estoque al toro Oncito, perteneciente a la ganadería de Piedras Negras.



Tras recorrer, ya como matador de reses bravas, las arenas de los principales cosos mexicanos durante cuatro temporadas (en las que se fue labrando una reputación que iba exigiendo cada vez con más urgencia su ineludible concurrencia en los ruedos españoles), en la campaña de 1944 se decidió a cruzar el Atlántico para exhibir su toreo en España y Portugal. En efecto, el 18 de julio del mencionado año, después de haberse presentado ya en el país vecino, Carlos Arruza compareció ante la severa afición de la plaza Monumental de Las Ventas (Madrid), decidido a confirmar la validez de ese título de doctor en tauromaquia al que había accedido en su país natal. Fue su padrino de confirmación el diestro madrileño -aunque nacido en Caracas (Venezuela)- Antonio Mejías Jiménez (“Antonio Bienvenida”), quien, en presencia del coletudo toledano Emiliano de la Casa García (“Morenito de Talavera”), le cedió los trastos con los que había de dar lidia y muerte a estoque a un morlaco marcado con el hierro de Muriel. El precioso cartel de aquella tarde -redondo donde los haya- se completaba con el concurso del caballero rejoneador portugués Simão da Veiga, que encabezó el vistoso paseíllo.



Pronto se comprobó en la Península Ibérica que la fama procedente de México adornaba con justicia a Carlos Arruza; tanto fue así, que el diestro azteca firmó en España un total de cuarenta corridas durante aquella su primera campaña fuera de su país, cantidad rara vez alcanzada por un diestro de Ultramar que debuta en las arenas de la vieja Piel de Toro. Y comoquiera que, una vez vuelto a su México natal, no hallara el mismo fervor que se había granjeado en la Península Ibérica -bien es verdad que debido a que no toreó allí tan bien como en España-, decidió regresar a la cuna del Arte de Cúchares en la temporada de 1945. Resultó ser éste uno de sus más fructíferos años como matador de toros, ya que, pese a haber sufrido los rigores de las astas en Burgos y en Manzanares (Ciudad Real), al acabar dicha temporada había hecho el paseíllo en ciento ocho ocasiones.

Sin embargo, el agotamiento derivado de esta ajetreada campaña, sumado a la posterior ruptura de relaciones entre los coletudos españoles y mejicanos (acaecida en 1947), bastaron para reducir -en 1946- e impedir -en 1947- las actuaciones de Carlos Arruza en los cosos hispanos. Ello le llevó a frecuentar, durante estas dos temporada, las arenas de Perú, Venezuela, Colombia, Portugal, Francia y -claro está- su país de origen, en donde anunció su despedida del toreo un 22 de febrero de 1948. Aquella tarde se cortó la coleta tras haber compartido cartel, en la plaza México, con sus paisanos Alfonso Ramírez Alonso (“Calesero”) y Antonio Velázquez Martínez.

Tras permanecer un año apartado del ejercicio activo del toreo, volvió a vestir el terno de luces en la campaña de 1950, año en el que intervino en veintiún festejos, casi todos ellos verificados en plazas portuguesas y francesas. El día 18 de febrero del año siguiente reapareció en las arenas mejicanas, para protagonizar, al cabo de un poco más de un mes, una de las mayores gestas que jalonan su brillante trayectoria torera. En efecto, el día 1 de abril de aquella triunfal temporada toreó tres corridas consecutivas, la primera en Morelia, la segunda en Ciudad de México y la tercera en Acapulco.



Animado de nuevo por estos laureles reverdecidos en su país natal, volvió a pisar suelo español para hacer el paseíllo en la plaza de la Ciudad Condal, los días 28 y 29 de septiembre de 1952. En la segunda de estas intervenciones apadrinó la alternativa del valiente matador venezolano César Antonio Girón Díaz (“César Girón”). Sin embargo, consciente de que ya no cosechaba los clamorosos éxitos que anteriormente le habían acompañado de contino, en la campaña de 1953 se despidió del toreo en la plaza azteca de Ciudad Juárez, en una tarde en la que alternaba en mano a mano con su compatriota Juan Silveti Reinoso. El último toro al que lidió y mató a pie Carlos Arruza atendía al nombre de Mechudo.

Torero fino y aguerrido a un mismo tiempo, lucido con el capote, seguro con la pañosa y fácil y vistoso en la arriesgada suerte de clavar los garapullos, Carlos Arruza dejó una gratísima impresión entre los aficionados españoles, que enseguida le reputaron como una de las mayores figuras del Arte de Cúchares procedentes de la América hermana. No obstante, para ello tuvieron que cerrar los ojos ante la reaparición que Arruza protagonizó en 1955, convertido ahora en tardío adalid del noble Arte del Rejoneo, parcela en la que el bravo diestro mejicano no brilló a la altura de su excelso historial como torero a pie. Es obligado, empero, dejar constancia de que esta desafortunada reaparición no bastó para eclipsar la fama que ya se había labrado y el mucho aprecio que se le tenía en España, en donde había sido distinguido, el 26 de mayo de 1957, con la Cruz de Beneficencia.

Un malhadado accidente de circulación acabó con la vida de Carlos Arruza en México, el día 20 de mayo de 1966.

Extraído de mcnbiografías.

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