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Biografía de Pepe-Hillo



Matador de toros español, nacido en Sevilla el 14 de marzo de 1754, y muerto en la Plaza de Toros de Madrid el 11 de mayo de 1801. En el planeta de los toros, es conocido por el sobrenombre de "Pepe-Hillo".

Por fortuna para la historia universal de la Tauromaquia -y desgracia para la artesanal industria patria del calzado-, José Delgado Guerra, "Pepe-Hillo", desdeñó muy pronto el oficio de zapatero al que le habían ligado los designios paternos, y se adentró con decisión en el mundillo de los toros. Como en el caso de tantos otros chavales que soñaban con ser figuras del toreo, el matadero de Sevilla fue el "parvulario" que le inculcó las primeras letras de la profesión taurina. Parece ser que allí lo descubrió el genial Joaquín Rodríguez, "Costillares", quien enseguida lo llevó en su cuadrilla, sabedor de que el muchacho atesoraba condiciones más que sobradas para llegar a convertirse en el primer espada de su tiempo. Y así, en 1770, cuando "Pepe-Hillo" acababa de cumplir dieciséis años, "Costillares" lo presentó bajo su protección en la plaza de toros de Córdoba.

Toreó en Madrid por vez primera en 1774, y tres años después, en compañía de su antiguo maestro "Costillares", sustituyó en esa misma plaza a los hermanos Juan y Pedro Romero, quienes, por aquel entonces, preferían vivir del favor que gozaban en tierras meridionales. En 1778, fue "Pepe-Hillo" quien bajó al sur para rivalizar con el mismísimo Pedro Romero en Sevilla y Cádiz. Comoquiera que el rondeño era recibido con cierta hostilidad en el coso hispalense, "Pepe-Hillo" se ganó la admiración de sus paisanos y se quedó a torear por diversas plazas andaluzas hasta 1781, año en que volvió a pisar la arena del ruedo madrileño. Aclamado ya como figura del toreo, en 1784 mató un toro en Burgos sustituyendo la muleta por un reloj de bolsillo. Su fama se extendió con velocidad vertiginosa, y pronto comenzaron a circular anécdotas que lo presentaban como un héroe popular, querido y admirado por todos. En Sevilla, en plena calle, dio muerte a un toro que se había escapado cuando era conducido al matadero. En Calatayud acabó con un marrajo en el tendido de la plaza, después de haber salido en su persecución cuando el violento astado se saltó la barrera y trepó por las gradas.


A partir de 1789, y después de haber alternado con Pedro Romero en la famosa corrida organizada para festejar la jura de Carlos IV, España entera se dividió entre partidarios del rondeño y seguidores del sevillano. Ambos toreros fueron rivales en los ruedos, pero buenos amigos fuera de ellos, hecho que cobra mayor mérito cuando se repara en que no se parecían en nada. A la sobria discreción de Pedro Romero, "Pepe-Hillo" opuso un carácter extravertido y alegre, pero también altanero y jactancioso. Su nula formación cultural no supo resistir las asechanzas y las tentaciones propias del velocísimo ascenso que lo llevó a la fama, lo que queda bien patente en los calificativos que le dedicaron algunos cronistas; así, verbigracia, según Velázquez y Sánchez, era "Pepe-Hillo" rústico, ignorante, soez, maleducado, vanidoso y, sobre todo, muy mal comedido, pues gozaba en exhibir descaradamente sus odios y pasiones. Sin embargo, como torero fue valiente y pinturero, audaz y vistoso, temerario y creativo: tuvo la enorme ventaja de adornar con gracia y belleza un valor tan extremado que, de tanto arriesgar, le llevó a sufrir veintiocho cogidas, trece de las cuales fueron tan graves que se pensaba, en cada una de ellas, que lo sacaban prácticamente muerto de la plaza.

Y así ocurrió, en efecto, el lunes 11 de mayo de 1801, en la plaza de toros de Madrid, donde José Delgado alternaba con José Romero y Antonio de los Santos. Dieciséis toros habían de matar entre los tres diestros, en una de esas funciones dobles -con sesión matinal y vespertina- que tanto gustaban en aquellos tiempos. Por la mañana, "Pepe-Hillo" fue cogido por un toro que, si bien no le infirió ninguna cornada seria, le dejó muy molido y quebrantado. Por la tarde, cuando entró a matar al volapié al toro Barbudo, de Peñaranda de Bracamonte (ganadería que hacía su presentación en el coso madrileño), resultó prendido por una pernera del calzón y cayó sobre la arena boca arriba, a merced de la saña del enfurecido burel. Cuentan algunos cronistas que "Pepe-Hillo" debió de perder el sentido, porque se quedó unos segundos inmóvil. El astado hizo por él y, sin ninguna oposición, lo empitonó con su cuerno izquierdo por la boca del estómago, lo levantó en vilo y, entre tremendas sacudidas en el aire, estuvo zarandeándolo más de un minuto. Fue una de las cornadas más espantosas que se haya visto jamás en un ruedo.

La conmoción que causó la muerte del ídolo popular sólo es comparable a la consternación que se vivió también entre las clases privilegiadas, cuyos desocupados miembros perdían con "Pepe-Hillo" uno de los vínculos que mejor les unía con la plebe. Su entierro constituyó una populosa manifestación de dolor de las que tanto gusta de exhibir el vulgo indocto, caldo de cultivo inmejorable para que enseguida brotase un heterogéneo caudal de coplas, cantares y poemas luctuosos que lloraban la muerte del valeroso torero. El cual no ha de quedar vinculado a la literatura taurina sólo por los plantos y endechas que lamentaron su trágico final; porque en 1796 había aparecido en la ciudad de Cádiz un libro titulado La Tauromaquia o Arte de torear, escrito por don José de la Tixera a partir del dictado y las enseñanzas que, sobre la materia, le transmitiera "Pepe-Hillo". Se trata de la obra conocida popularmente como La Tauromaquia de "Pepe-Hillo", que toma como punto de partida un método de análisis racionalista, muy en consonancia con las ideas ilustradas del momento. José Delgado (a través, lógicamente, de la pluma ágil y culta de don José de la Tixera) propone una teorización del toreo que lo convertiría, más que en una expresión artística, en una ciencia lógica, sujeta a una reglas establecidas por la observación y la experiencia. Evidentemente, hay un claro desajuste -si no una abierta contradicción- entre esta preceptiva que supuestamente dictó "Pepe-Hillo", y su particular predilección por la improvisación y los alardes de valentía de que hizo gala cada vez que se puso delante de un toro. La obra resulta, en cualquier caso, muy valiosa, porque deja noticia impresa de las suerte más practicadas en la época, de quiénes fueron sus creadores y de quiénes las ejecutaron con mayor brillantez. Conviene señalar que, en lo tocante al repertorio de lances de capa y muleta, la voz de "Pepe-Hillo" es una de las más autorizadas, pues no sólo era capaz de ejecutar con acierto todos los que practicaban e inventaban sus colegas, sino que él mismo creó muchos de ellos, alguno tan arriesgado y vistoso como el capeo de espaldas o de frente por detrás.

Procedente de las capas sociales más humildes -entre las que llegó a ser idolatrado por majos, manolos, chisperos, bravucones e, incluso, rufianes de toda laya y criminales de la peor especie-, José Delgado Guerra, "Pepe-Hillo", fue también mimado y admirado por los miembros de las clases sociales más favorecidas, hasta el punto de merecer la confianza de muchos caballeros nobles y los favores de alguna que otra dama de esclarecido linaje. Su popular figura simboliza, mejor que cualquier otra, los usos sociales de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la degenerada nobleza española dio en el antojo de emular los peores hábitos del vulgo iliterato. En una Corte en la que los condes y los marqueses competían en majeza y zafiedad con los chulapos de la peor calaña, y las duquesas no tenían embarazo alguno a la hora de posar en hábito de puta ante pintores y poetas, para pasar a la historia confundidas entre la miseria de las busconas más viles, "Pepe-Hillo" recibió el amparo de quienes tenían el prestigio y la solvencia necesarios para protegerlo y encumbrarlo, y encarnó -sin quererlo- el espíritu de la decadencia española, bien manifiesta en una sociedad que se estaba pudriendo por arriba y por abajo.

Fuente: Mcnbiografías...
 

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