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Biografía de Ponciano Díaz Salinas




Ponciano Díaz Salinas. Matador de toros mejicano nacido en la hacienda de Atenco (en el estado de San Mateo Atenco) el 19 de noviembre de 1858, y fallecido en la capital del país el 15 de abril de 1897. Considerado como uno de los toreros más representativos de la tauromaquia azteca de la segunda mitad del siglo XIX, brilló con singular eficacia en la ejecución de varias suertes hoy caídas en desuso (como las banderillas a caballo y el acoso y derribo) y, ya consagrado como una de las grandes figuras del toreo mejicano, se convirtió en empresario y protegió la carrera de numerosos compañeros de oficio.

Sus primeros mantazos de fogueo -prodigados antes como una afición que como el aprendizaje de esa dura profesión que es el toreo- tuvieron lugar en la hacienda que le vio nacer, a cuyos abundantes pastos acudían con frecuencia reses vacunas entre las que solían figurar algunos ejemplares de ganado bravo. Convencido, así, de que reunía el valor y el ánimo necesarios para emprender en serio una arriesgada andadura novilleril, con tan sólo quince años de edad efectuó sus primeras salidas profesionales dentro de la cuadrilla de los hermanos Hernández, a la sazón triunfadores en los principales ruedos mejicanos. Poco después pasó, en calidad de banderillero, a torear bajo las órdenes del célebre diestro español Bernardo Gaviño Rueda, matador de otros que, afincado en México, desarrolló una interesante labor de magisterio entre los jóvenes toreros aztecas. Fue así como Ponciano Díaz se convirtió, con apenas veinte años de edad, en uno de los novilleros más prometedores de su país.


Con este afortunado proceso de aprendizaje, se animó a dar el paso decisivo que habría de convertirle en matador de reses bravas; y así, el día 13 de abril de 1879 compareció por vez primera como jefe de cuadrilla en la plaza de toros de Puebla. Esta valiente determinación, verdaderamente precoz en su época, supuso al novillero de Atenco un agrio enfrentamiento con el resto de sus compañeros de profesión, que, apoyados por el sector más purista de la afición azteca, veían con malos ojos una prematura irrupción de jóvenes mal preparados entre los ya consagrados matadores de reses bravas. Sin embargo, Ponciano Díaz constituía una excepción dentro de la temeridad generalizada entre los jóvenes toreros noveles de su tiempo, y pronto pudo acreditar méritos más que sobrados para pertenecer, por derecho propio, al escalafón superior del oficio.

En efecto, el torero precoz recorrió con fortuna todos los redondeles de su nación, en los que se fue ganando un merecido reconocimiento que acabó por convertirle en uno de los mejicanos más famosos de su tiempo. A su temprana edad, pudo alternar en las arenas aztecas con diestros españoles tan acreditados como los sevillanos José Machío Martínez y, sobre todo, Fernando Gómez García ("El Gallo"), futuro padre de dos de los más grandes toreros de todos los tiempos, Rafael Gómez Ortega ("El Gallo") y José Gómez Ortega ("Joselito" o "Gallito"). Además, fue invitado a tomar parte en las principales ferias del país, y su concurso comenzó a parecer indispensable a la hora de inaugurar cualquier nuevo coliseo que se levantaba en Méjico. En ocasiones, su presencia en las pequeñas plazas de provincias llegó a causar -indirecta e involuntariamente, claro está- violentos altercados de orden público, provocados por las quejas de quienes habían de quedarse fuera del recinto taurino ante el veloz agotamiento del billetaje.

Precedido por estos clamorosos triunfos, Ponciano Díaz Salinas se decidió a dar el paso fundamental en la carrera de cualquier matador de toros hispanoamericano que realmente desee ser recordado como una gran figura del toreo de todos los tiempos: cruzar el Atlántico y presentarse en las arenas españolas, para medirse con el auténtico ganado bravo y someter su arte a la recta sindéresis de la afición hispánica. Así las cosas, el día 28 de julio de 1889 el diestro de Atenco hizo por vez primera el paseíllo a través de la arena madrileña, para ejecutar ante la primera afición del mundo diversas suertes propias del toreo mejicano de aquellos tiempos, acompañado por los picadores Oropesa y González (de aquella su primera actuación en la capital española, se recuerdan especialmente los pares de banderillas que, a lomos de un corcel, le clavó al toro Escribano, perteneciente a la ganadería lusitana de Palha). Conviene precisar al respecto que Ponciano Díaz se había especializado en la ejecución de algunos lances que, de innegable sabor ultramarino, resultaban extraños dentro de la formulación reglamentada de la corrida de toros que ya se observaba escrupulosamente en España (y, muy particularmente, en las plazas de primer orden). De ahí que, en un principio, sus famosos pares de banderillas a caballo, o sus diversas modalidades de ejecutar la suerte campera del acoso y derribo (como las denominadas manganeo y pealeo), fueran recibidas por el público español como un brioso y aguerrido espectáculo que, aunque plagado de vistosidad y riesgo, no se ajustaba a la pureza artística ni a la maestría técnica propias del toreo canónico. (El manganeo recibe este nombre del instrumento que se utiliza para su ejecución, la mangana, una especie de lazo que se arroja a las manos de la res para apresarla; de idéntico modo, es el peal el lazo de cuerda o cuero que, utilizado para inmovilizar los cuartos traseros de las reses, da nombre a la suerte ecuestre del pealeo).


Sin embargo, Ponciano Díaz supo adaptarse también a la seriedad y el rigor con que se practicaba en España el Arte de Cúchares, y antes de que concluyera la temporada de su presentación en Madrid volvió a pisar el redondel del coliseo capitalino para recibir la ansiada alternativa española. Venía, en aquella ocasión, apadrinado por el famosísimo espada granadino Salvador Sánchez Povedano ("Frascuelo"), quien, bajo la atenta mirada del no menos célebre matador cordobés Rafael Guerra Bejarano ("Guerrita"), presente en calidad de testigo, le cedió los trastos con los que había de muletear y estoquear a Lumbrero, un burel criado en las dehesas del duque de Veragua. Corría, a la sazón, el día 17 de octubre de 1889, fecha en la que Ponciano Díaz ya contaba con un amplio historial de actuaciones en plazas españolas y portuguesas. No defraudó, pues, la bondadosa acogida que, en atención a los ecos procedentes de su México natal, le había dispensado la nada amable prensa taurina madrileña, que, a través del célebre rotativo La Lidia, lo presentó ante sus lectores con las siguientes palabras: "Es el afamado espada americano de no más que regular estatura, de pelo negro y morena tez y ligeramente cargado de hombros. No se revela en su aspecto general al hombre forzudo y de gran musculatura, aunque se adivina desde luego en aquel cuerpo exceso de fibra y animosidad [...]. La crítica de Ponciano como matador de toros la hace la prensa de su país, por punto general, manifestando que no está muy suelto en el manejo de la muleta, razón por la que en este concepto es poco artístico su trabajo; pero que en cambio reúne gran certeza para herir en lo alto y suma facilidad para practicar la suerte aguantando. Es, además, excelente conocedor de las condiciones de lidia de las reses, y no tiene rival clavando banderillas a caballo".

Lógicamente, su regreso a México fue apoteósico, como corresponde al recibimiento debido a una figura del toreo elevada a la dignidad de matador de toros nada menos que por "Frascuelo" y "El Guerra". De nuevo en su país natal, volvió a triunfar en cuantos cosos se anunciara, y, ya reconocido como el principal personaje de la tauromaquia azteca de su tiempo, se convirtió en empresario de numerosas plazas de su país y apoyó la trayectoria profesional de los toreros noveles que acudían a él en demanda de ayuda y consejos. Querido y respetado por todos sus compatriotas, su repentino fallecimiento (sobrevenido en la capital de México el 15 de abril de 1897) causó una honda pesadumbre en toda la nación.

Texto extraído de Mcnbiografías

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