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La grabación de corrida de toros más antigua



Os dejamos la que, seguramente, es la grabación más antigua de una corrida de toros. Película filmada en el coso de Valencia, en la que interviene "Bombita" y "Machaquito". Os recomendamos que veáis este interesante vídeo, sin duda, de carácter histórico.


2 comentarios:

  1. De mi novela "atardece en Monte Arruit" El final del trimestre se alegró con la presencia de Antonio Torres, quien además de su vocación de escritor, era un entusiasta taurófilo. Desde hacía un tiempo no paraba de hablarme acerca de la fiesta taurina:
    -Pero ¿no eres consciente de los toreros tan excepcionales que tenemos? ¡Si estamos en la época dorada del toreo! No me digas que no me vas a acompañar a alguna corrida en estas fiestas.
    -La verdad es que en asunto de toros soy todo un ignorante.
    -Qué más da, yo te invito a unas cuantas corridas en las que toreen los primeros espadas. Verás cómo las disfrutas.
    -Pero si apenas sé el nombre de ningún torero.
    -No te preocupes, que te pongo al día rápidamente. Está Rafael Ortega “El Gallo”. Bueno, es que este matador es la síntesis de lo mejor del toreo –lo decía con un tono apasionado que iba aumentando al seguir hablando del siguiente torero-, mantiene una gran rivalidad con Juan Belmonte. Si consiguiéramos verlos compartir cartel, sería lo más.
    -Mira, el nombre de Belmonte me suena, es el matador que torea sin apenas moverse.
    -Ves, ya sabes algo ¿Tú sabes lo difícil que es mantener el tipo quieto delante de un bicho tan grande? Tiene pensado tomar la alternativa aquí en Madrid con Machaquito como padrino. Ojalá podamos ir. Ojalá encuentre entradas, porque va a haber palos por conseguir una, yo ya he empezado a mover mis contactos y pienso conseguir dos, así es que tú verás si me vas a despreciar tanto esfuerzo.
    -Prometido, si las consigues tienes un compañero. ¿Machaquito? Desde luego los nombres que tienen…
    -Ahora me dirás que ni siquiera le conoces ni por su nombre.
    -Pues si te soy sincero, ni por el apodo le conozco.
    -¡Oh, Dios Mío! Lo que pasa es que es de la generación anterior, de la de Bombita.
    -Será por eso que no me suena ni el nombre.
    -Pues mira, ahora, como te he dicho, va a dar la alternativa a Belmonte. Pero te has admirado del nombre. ¿Hombre, por Dios es uno de los apodos mejor puestos? –Yo continuaba mirando y escuchándole en silencio- Se le conoce por ese nombre porque no hay otro mejor para matar a los toros, los mata de una sola estocada, ¡zas!, los machaca. Además, si podemos ir a esa corrida quedarás impresionado por su corta estatura, vamos, que los toros son, si te apuras, más altos que él.
    -Reconozco que siempre me han impresionado, y me ha producido un gran respeto eso de ponerse delante de un animal tan grande, y sin más defensa que un capote… Hay que tener valor para ello, conmigo que no cuenten.
    -¿Y nuestro torero madrileño?
    -O sea que Madrid también da toreros, creía que todos eran andaluces.
    -Esos son tópicos, Madrid también da buenos espadas, éste concretamente es del barrio de Embajadores. Se llama Vicente Pastor Durán, apodado “El chico de la blusa”. No te imaginas qué pundonor tiene en el toreo y qué forma de matar. Te tengo que llevar a una de las corridas y, por cierto, son ma-ta-do-res.
    -Bien, bien, de acuerdo. Entendido, lo importante es que maten al toro como el tal “Machaquito” y no hagan una carnicería, pero hasta que le maten también será importante lo que hagan. Vamos, digo yo.
    -Por supuesto, respecto a eso que dices, nada como el “Pasmo de Triana”, qué hombría, que manera de mandar sobre el toro. Se queda quieto ante él, de ahí le viene su apodo, porque se queda quieto como si le hubiera dado un pasmo. Aunque yo no sé si los que nos quedamos pasmaos somos los que le vemos torear, así con los pies quietos ante el toro, sin pelearse con él, parando, templando, mandando a ese animal astado con la sola ayuda del juego de brazos. ¡Y las verónicas sin rectificar los pies! y ¡sus pases naturales! Eso es lo más.
    Decía todo con tono tan entusiasmado, que cualquiera le preguntaba lo que era una “verónica” o un “pase natural”, porque tan apasionado se mostraba que le veía allí mismo demostrándomelo. A mí eso de “verónica” sólo me recordaba al personaje bíblico que enjugó la cara ensangrentada de Cristo. Quién sabe, quizá tuviera relación con este pase.

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  2. Y sigo describiendo la alternativa de Belmonte en mi novela "atardece en Monte Arruit" de venta en Amazón
    En la plaza de Cibeles tomamos un carruaje tirado por cuatro mulas. “¡Sube!”. Me exhortó Torres mientras se encaramaba con gran agilidad. Yo le seguí hasta el segundo piso. El carruaje descapotado dejaba llegar hasta nosotros ráfagas de aire fresco en una tarde calurosa, en la que íbamos dejando atrás árboles y edificios. Al acercarnos a la plaza de toros, de estilo mudéjar, vimos un gran gentío en la entrada. Torres me señaló un coche:
    -Mira cómo corre la gente hacia ese coche en el que debe de ir un matador.
    -Sí, es cierto al menos su ocupante lleva un traje de luces. Y creo que es de color como naranja o rosa y adornos dorados.
    -Será lo que llaman color “salmón”. El matador viste de salmón y oro.
    Era un jueves 16 de junio del año 1913, y me faltaba un año para terminar Medicina. Esa tarde tomaba la alternativa Belmonte, “El pasmo de Triana”, con Machaquito como padrino. Pude ver en vivo la fama que les precedía. Realmente quedé impresionado por el pequeño tamaño de Machaquito, que casi desaparecía al comparársele con el enorme morlaco, sobre todo a la hora de matar. Indudablemente su apodo estaba justificado:
    -Fíjate el acierto y la capacidad que tiene para matar al toro, tal vez ningún diestro consiga nunca igualarle. Dicen que es su última corrida. Es una lástima que alguien tan bueno se despida.
    En el descanso me dediqué a contemplar y analizar todo lo que había visto desde el comienzo: el magnífico desfile del paseíllo, que semejaba una presentación de todo el elenco, desde los alguacilillos en briosos caballos, los tres toreros con sus banderilleros y sus picadores poniendo una nota de gran colorido, en contraste con el traje negro de los alguacilillos y, cerrando el desfile, los mozos de caballos, los areneros y las mulillas, que aportaban un toque de cascabeleo musical con las campanitas con las que las adornaban. El rito de la alternativa, tan ceremonioso, con “Machaquito” cediendo los trastos de matar a Belmonte, quien le entregó su capote; el abrazo y las palabras, que no pude entender bien, dedicadas al ahijado en presencia de Rafael “El Gallo” como testigo. No, el espectáculo no tenía nada de cochambroso como yo había imaginado, si exceptuamos la suerte de varas en la que el caballo sin protección acababa con las tripas fuera. Aquello me resultó desagradable y triste para el pobre animal, de tal modo que no pude evitar mi incomodidad y rechazo. Por lo demás concluí que cada tercio obedecía a una finalidad, todo tenía su objetivo, comenzando por medir la bravura del toro, la fuerza y su disposición a la embestida; avivar al animal con las banderillas, tras el tercio de varas… La pena y lo que restó placer, ante un trío tan escogido de espadas, fueron los toros. Aunque para mí, como novato en la materia, tenía su encanto ver como los mansos envolvían al toro bravo y lo conducían al corral. Lo malo es que me harté de verlo hacer porque hubo que devolver cinco de estos animales, unos por mansos, otros por chicos y, para remate, el último por inútil. La gente acabó alterada y llegaron a tirarse al ruedo como protesta. Ya sé que eso no debió formar parte del espectáculo taurino, pero para mi primera asistencia a este tipo de eventos sí que fue una diversión. Y más lo fue cuando después de una tarde de protestas airadas, en el último toro, ¡que hacía el undécimo!, Belmonte lució su extraordinario arte con las verónicas, los pases naturales y el molinete y, como por arte de magia, la actitud del público cambió radicalmente dando rienda suelta a un gran entusiasmo plenamente justificado, comenzando a batir palmas en una frenética ovación. No entendí esos bruscos cambios de conducta, pero así debían de comportarse los aficionados a la tauromaquia, exigentes ante el torero y los toros, protestando airadamente ante las malas actuaciones y mostrándose generosos en gritos y aplausos ante las buenas.

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