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El centenario de Manolete y su última tarde en Pamplona




El califa cordobés cortó los máximos trofeos el 10 de julio de 1947 en una legendaria corrida de Urquijo en la que el toro Semillero había matado dos mozos navarros en el encierro

La mañana del diez de julio de 1947 Pamplona amaneció sombría, aunque casi nadie era consciente del negro nubarrón que estaba a punto de cernirse sobre el encierro minutos después de las siete de la mañana.

Era uno de los días grandes y más esperados de San Fermín: Manuel Rodríguez Manolete, el Monstruo, toreaba por la tarde y la ciudad hervía al compás de un acontecimiento que se presagiaba extraordinario, como si ahora, setenta años después, el misterioso José Tomás decidiera hacer el paseíllo en la Feria del Toro. Los precios de las entradas se habían desbocado; barreras a trescientas pesetas, tendidos de sol a más de treinta y se había desatado una verdadera locura en la reventa, donde algunos relatos periodísticos especulaban con que se llegó a pagar la friolera de 1.600 pesetas por localidades bajas de los tendidos de sombra, especialmente los más próximos al burladero porque eran los mejores para contemplar lo más cerca posible la ascética figura del torero de Córdoba, el Califa, el ser humano más idolatrado de la gris España de la posguerra. 

Era la cuarta corrida de la feria, la única de Manolete en San Fermín, y con él habían arribado a Pamplona fieles seguidores llegados de toda la geografía taurina mundial: Francia, Portugal y muchos países del otro lado del Atlántico, especialmente de México y Norteamérica, donde lo idolatraban como una especie de mesías. Manolete había debutado en San Fermín siete años antes, en las fiestas de 1940; con un fracaso más que sonado en la primera de sus corridas pero con cinco orejas y un rabo en 1943, el año de su último paseíllo en la Monumental, puesto que un accidente de coche y una cornada le impidieron regresar en 1944 y 1945. 

Quizás, como se había hecho tanto de rogar, Pamplona hervía, las calles eran un hormiguero, un interminable devenir de aficionados, viajeros, reventas y también carteristas que se apostaban en cualquier esquina para mercar algún torvo apaño y llevarse algo a los bolsillos. La leyenda de Manolete navegaba en una España con las heridas todavía muy abiertas de la Guerra Civil, la España del piojo verde, de las cartillas de racionamiento y de los costurones del hambre. Y Manolete parecía, acaso, el único disolvente para enjuagar tantas penurias.



Lupe Sino besa a Manolete

El torero cordobés llegó a Pamplona con apenas treinta años recién cumplidos en la que sin sospecharlo era la última temporada de su vida. Era un héroe pero ya estaba cansado de serlo. Se sabía derrotado y aburrido de la presión que el sistema taurino y la propaganda franquista imponían en su carrera como una losa: "Estoy deseando tener un momento libre. 

Esta profesión lo absorbe todo", le confesó apenas un mes después al periodista Ricardo García K-Hito la misma mañana de su cogida fatal de Linares el 28 de agosto de 1947. La existencia de Manolete era un sinvivir, estaba enamorado de Lupe Sino, una actriz de discreto relumbrón con la que convivía sin matrimonio de por medio soportando despiadadas habladurías sobre su pasado, ya que se había casado en la Guerra Civil con un comandante llamado Antonio Verardini, jefe el Estado Mayor del IV Ejercito Republicano y habían ejercido como testigos en la boda dos de los altos oficiales más importantes del Ejército Rojo: el general José Miaja y el legendario coronel Cipriano Vera. 

El califa cordobés había conocido a Lupe en la famosa taberna de la madrileña Gran Vía de Perico Chicote (el histórico barman del Hotel Ritz) y vivieron juntos desde 1944 a pesar de la negativa del entorno del torero, de su madre doña Angustias y del Estado franquista, que no podía soportar que el primer héroe de la nueva España anduviera a hurtadillas y sin pasar por la vicaría con una mujer a la que se le acusaba de libertina, cazafortunas y de ideas izquierdistas. Manolete no se decidía a contraer matrimonio con Lupe por las presiones familiares y los más cercanos al torero desconfiaban de la actriz, a la que sólo soportaban porque para Manuel era lo más importante de su vida, el remanso de su batalla cotidiana con el toreo y la fama. Manolete era el gran héroe de la sociedad española de posguerra, "un hombre entre vencidos", tal y como describió Francisco Umbral la personalidad de un torero que ya era mito mucho antes de morir. Y eso, a pesar de la sombría influencia de los comisarios del régimen, que se apostaban a su lado para no pervertir la imagen del espigado diestro como el más claro ejemplo de la hidalguía española.



Antonio Jaén Morente y Manolete

Pero Manolete no tuvo reparo alguno en encontrarse en México DF con el exministro republicano Indalecio Prieto y otros representantes de la España peregrina, como llama José Bergamín a los exiliados. Los periódicos españoles, en su totalidad afines al régimen, publicaron la especie de que se había negado a torear en la plaza de México porque ondeaba una bandera republicana cuando la realidad es que en el DF no se colocaba ni se coloca enseña alguna en el coso. Manolete, que era admirado con locura en tierras aztecas y que por él se construyó el recinto taurino más grande del mundo, sentía curiosidad por la vida y las andanzas de los muchos españoles exiliados como consecuencia de la derrota republicana en Guerra Civil. "De español a español", rubricó Manolete la foto que le dedicó al viejo socialista y ministro de la II República Indalecio Prieto, que por su parte dijo del diestro cordobés que "después de Cortés era el español más importante que había venido a México". 

A Manolete no le interesaba demasiado la política, pero tampoco tuvo reparos en acudir a la embajada de Ecuador en México al homenaje que se tributó al diputado republicano cordobés Antonio Jaén Morente, declarado nada más y nada menos como hijo maldito de la ciudad por el Ayuntamiento franquista de Córdoba. Manolete era feliz en América, donde de la mano de Barnaby Conrad y Mario Moreno Cantinflas podía codearse con otro mundo muy distinto al de la España sumida en una posguerra interminable. 

Alternaba con actores de Hollywood, escritores que veneraban su leyenda o el mismísimo boxeador Joe Luis -el mítico Bombardero de Detroit-, que se llevó una enorme desilusión al tocar los bíceps de Manolete: "Exclamó puaf con desolación, por lo visto creía que se mataban a los toros a puñetazos", relató alborozado el propio diestro en una entrevista.



Manolete tenía muy claro que la de 1947 iba a ser su última temporada en activo; el año anterior sólo había hecho un paseíllo en todo el año y había sido en Madrid el 19 de septiembre, en la legendaria Corrida de la Beneficencia, en la que actuaron el rejoneador Álvaro Domecq y los espadas Gitanillo de Triana, Bienvenida, Manolete y Luis Miguel Dominguín, que se coló en la corrida pagando sus toros y ofreciendo un donativo de cien mil pesetas. Luis Miguel era ya la gran alternativa al poder de Manolete, aunque al cordobés cada vez le importaba menos el cetro del toreo. 

El peso de la púrpura le resultaba ya insoportable. Uno de los principales cronistas del momento, Gregorio Corrochano, no le perdonaba que decidiera tomarse un respiro y que fuera a los toros como espectador: "Gitanillo de Triana brindó un toro a Manolete, que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero (...) 

En Manolete, por lo visto, la profesión anuló a la vocación", dejó escrito en una agria crónica letal para los intereses de Manolete. Una buena parte de la profesión periodística le acusaba de los grandes males de toreo, del afeitado y de torear toros demasiado pequeños. Su supremacía en lo alto del escalafón desde el final de la Guerra Civil le pasó tal factura que su último año en los ruedos fue un suplicio en todos los sentidos, en lo profesional con una temporada llena de contratos que a regañadientes se veía impelido a cumplir y en lo personal, con un entorno que no soportaba que viviera con su amor Lupe Sino. 

José Flores Camará, su apoderado de siempre, le advertía de que no se cuidaba, y Rafael el Pipo, uno de sus primeros propagandistas, denunció años después en un libro delirante titulado ‘Así fue... El Pipo, Manolete, El Cordobés’, que el torero de Córdoba consumía cocaína y anfetaminas, aunque lo que más tomaba era White Label e infinidad de cajetillas de Philip Morris, su tabaco preferido. Manolete llegó a Pamplona a bordo de su flamante y legendario Buick, acompañado por Camará y con Guillermo, su fiel mozo de espadas, al volante. 

Venía de Barcelona, donde había triunfado por todo lo alto el 6 de julio, después de haber votado en la Ciudad Condal en el referéndum la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado. Se enteró en su habitación del Hotel La Perla de la tragedia vivida en el encierro. Un toro de nombre Semillero, de la ganadería de Urquijo, había sembrado el pánico quitando la vida a dos corredores. En la bajada de Javier a Casimiro Heredia Ruiz, un pamplonés de 37 años, que sucumbió prácticamente en el acto de una cornada que le atravesó el hígado y el pulmón, y en el ruedo a Julián Zabalza, de 23 años, natural de Aoiz y vecino de Villava. 

Luis del Campo, en su obra 'Historia trágica del encierro de Pamplona', relata que el astado había caído al perseguir a un corredor entre el vallado de Mercaderes y Estafeta, y se enseñoreaba de la calle, corriendo a buena marcha como intentando alcanzar al resto de la manada". El toro, marcado con el número 21, de capa negra y de 464 kilos, corneó a Casimiro y lo llevó desde el centro de la calle hasta la acera.



Semillero cornea a Casimiro Heredia y termina con su vida. 10 de julio de 1947


Luis del Campo describió la cogida con toda su crudeza: "Se apreció en él un movimiento, quizás reflejo por el dolor, quién sabe si motivado por las ansias de huir. Esta actitud estimula al toro a volver sobre Casimiro; lo recoge y lleva entre sus astas, arrastrándole por el suelo, desde la acera a la pared de la calle". 

La segunda cornada mortal de Semillero llegó instantes después, cuando Julián Zabalza, que estaba en los tendidos con su novia y su hermana, decidió bajar al ruedo a buscar desde el callejón el hilo del toro rezagado.
Del Campo tampoco ahorra detalles de los hechos: "Perseguido por el toro entra de nuevo en el redondel y se dirige hacia la derecha, sin quizás recordar la querencia de los toros hacia ese lado, a su entrada en la plaza de Pamplona, pues, me permito asegurar -sin saber exactamente por qué- que de no formarse la figura del abanico, la más preciosa del encierro, los toros se inclinan siempre a la derecha. 

La curva que describe el mozo corredor despista unos segundos al toro, que sigue su rectilínea; mas pronto la rectifica, lo alcanza y voltea contra la barrera". Cuando los dos recortadores, Chico de Olite y Niño del Matadero, lograron hacerse con el toro y dirigirlo a punta de capote a la puerta de los corrales, "un cuerpo queda sobre la arena. Levantándolo en vilo, sobre él se precipitan docenas de brazos y, las miradas atónitas de miles de espectadores, aprecian cómo un grupo de valientes pamplonicas transportan al herido, haciendo caso omiso del toro, que casi a la par, a muy pocos metros de distancia, sigue el percal de los toreros dobladores del encierro, unas veces paso a paso y otras corneando al aire, tras la arrancada, hasta los corrales de la plaza, momento en que el disparo de un cohete dice a modo de pregón 'El encierro ha terminado'. 


A los tres o cuatro minutos de ingresar en enfermería moría el joven Julián Zabalza". La muerte de aquellos jóvenes impresionó a Manolete, que sentía en su costado la presión de la corrida y la enorme responsabilidad que le volvía a acuciar. Pero había que torear. Y antes, el sorteo. La leyenda negra del cordobés contó que el toro Semillero había ido a parar a su lote y que Camará hizo lo posible para que no fuera así y cayera en el esportón de otro torero. 

Pero el periodista Galo Vierge Bonarillo cuenta que Tomas Salcedo, peón de confianza del matador navarro Julián Marín, cogió la bolita de papel con los números de los dos toros y entre ellos estaba el del temible Semillero, que salió en sexto lugar. El diestro de Córdoba mató a Sanluqueño y Jaminito. La noticia corrió como la pólvora por Estafeta y la Plaza del Castillo y los mozos decían en los bares que el bravo Julián Marín se había pedido el toro asesino para vengar a los dos corredores muertos.



La tarde fue tremenda y Manolete cortó cuatro orejas. Antonio Bellón, uno de sus periodistas de cámara y crítico de Pueblo, no escatimó ni un elogio: "La verticalidad de Manolete se quiebra al girar la cintura en naturales y de pecho. Cada pase es una explosión de entusiasmo. Centrado, majestuoso, facilísimo, el cordobés manda, dueño y señor de la res, en series de naturales y redondos, trabados con pases al costado para dejar al toro a centímetros del muslo y pasarlo sin esfuerzo, sin una enmienda”. 

Manolete, que iba de blanco y oro, dio la mejor tarde de su vida en Pamplona. Gitanillo escuchó una ovación en el primero y dio la vuelta al ruedo en el de la merienda, y el tudelano Marín, dos trofeos en el tercero y se llevó hasta el rabo de Semillero, como si el conjuro de la venganza de los dos corredores muertos hubiera embelesado su siempre elegante muleta y trepado después por los tendidos hasta enloquecer a las miles de personas que llenaron la plaza. 

Algunos cuentan que Manolete cobró 250.000 pesetas por aquella corrida y que sus dos compañeros diez veces menos. Poco iba a importar, seis días después tenía que hacer el paseíllo en Las Ventas en una nueva Corrida de Beneficencia y resultó herido por el quinto toro al que le cortó dos orejas tras otra de sus faenas de ensueño. 

Cuando estaba recuperándose en el hospital le confesó a un periodista que "si la muerte me llega, nunca me cogerá en ese momento feo de la cobardía, sino con el gesto rabioso del luchador....si ha de venir la Muerte, que sea en una tarde de éxito". Camará con voz grave y autoritaria intervino en el diálogo diciendo: -"¡Vamos Manuel no digas tonterías! ¿Para qué hablar de esas cosas? ". Mes y medio después llegó Linares, el miura Islero y su fatal agonía de la noche del 28 al 29 de agosto a la que no le dejaron asistir a Lupe Sino, la mujer de su vida: "Si le quieres, no entres", le dijeron antes de morir, pero ésa es ya otra historia…


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